jueves, 8 de diciembre de 2011

La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera ( fragmento)

Estaba sentada en el borde de la bañera y no podía dejar de mirar la corneja moribunda. Veía en su absoluto desamparo la imagen de su propio sino. Se dijo varias veces: no tengo en el mundo a nadie más que a Tomás.
¿Había llegado a la conclusión, tras el episodio con el ingeniero, de que las aventuras no tienen nada que ver con el amor? ¿De que son leves y no pesan nada? ¿Ya está más tranquila? En absoluto. Vuelve a su mente la siguiente escena: Salió del retrete y su cuerpo estaba en la antesala, desnudo y rechazado. El alma temblaba, asustada, en algún lugar, en la profundidad de las entrañas. Si en aquel momento el hombre que estaba en la habitación le hubiera hablado a su alma, se hubiera echado a llorar, hubiera caído en sus brazos.
Se imaginó que en su lugar hubiese estado en la antesala, junto al retrete, alguna de las amantes de Tomás y que, en lugar del ingeniero, hubiese estado dentro Tomás. Le habría dicho a la chica una sola palabra y ella lo hubiera abrazado llorando.
Teresa sabe que así es el momento en que nace el amor: la mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz. Tomás no está protegido ante los peligros del amor y Teresa ha de temer por él cada hora y a cada minuto.
¿Cuál es su arma? Únicamente su fidelidad. Se la ofreció desde el comienzo, desde el primer día, como sí supiera que no tenía otra cosa que darle. El amor que hay entre ellos es de una arquitectura extrañamente asimétrica: descansa sobre la seguridad absoluta de su fidelidad, como un palacio mastodóntico sobre una sola columna.
La corneja ya no movía las alas, sólo a veces le temblaba la patita herida, quebrada. Teresa no quería separarse de ella, como sí velase junto al lecho de una hermana suya moribunda. Al fin fue a la cocina a almorzar algo rápidamente.
Cuando volvió, la corneja había muerto.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Saraband ( Ingmar Bergman - 2003)

No sabría decir sí hay otro caso en la historia del cine similar a la unanimidad que provoca Ingmar Bergman en su reconocimiento como uno de los grandes genios del cine, cuyo legado será estudiado, eso espero y deseo, por todos los que en el futuro quieran trazar un semblante claro de la cultura europea, en la segunda mitad del siglo XX.

Cumplidos los ochenta y cinco años, Bergman recuperó a sus personajes de Escenas de un matrimonio, para rodar su testamento como creador. Con los mismos actores que le acompañaron en el proceso creativo de una de sus grandes obras, todas las experiencias acumuladas durante y desde entonces por todos ellos, se desnudan para entregarse a una suerte de exorcismo de los demonios acumulados e invencibles.

Más de 30 años han pasado desde que Marianne ( Liv Ullman) y Johan ( Erland Josephson) se divorciaron y se vieron por última vez; ella es una abogada de éxito y él vive solo en una cabaña repleta de libros y aislado del mundo. Un día, Marianne vuelve al lugar donde vivió su historia con Johan, para hacerle una visita. Sin avisarle. Lo que sigue es un torturante retorno al pasado, un melancólico examen de situaciones que ya no pueden modificarse y de los conflictos que encaran en el presente y que están oscuramente ligados a los de ayer.
Los interminables primeros planos de Bergman, herencia de su formación teatral, que muestran obsesi- vamente todos y cada uno de los gestos de los personajes, se combinan con la atmósfera  claustrofóbica, una sola escena de exteriores, y diseccionan la intimidad de esta pareja definitivamente rota.
Cerca de Johan vive su hijo Henrik ( Borje Ahlstedt) hijo de Johan y de su primera mujer, que mantiene una relación incestuosa, forzada por él, con su hija Julia, la nieta de Johan.
El tono de la película es desgarrador y sus conclusiones, terribles, no dejan resquicio para la esperanza: nadie puede librarse de sus miedos ni de sus fobias, que dominan al ser humano por encima de cualquier otra cosa.

Sarabanda no está entre las grandes películas de Bergman, pero muestra las huellas inconfundibles de la mano de un maestro que se despide del arte y de la vida con un último y definitivo repaso de los deseos, los miedos y los personajes que configuran su mundo. No será la mejor, como digo, pero sí representa algo  absolutamente necesario para entender la vida de Johan/Bergman: el fragmento que faltaba para completarla.

Aquí dejo uno de los diez capítulos en que se divide la película: 






domingo, 4 de diciembre de 2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

Janis

Iñaki askatu!




Sacada de la web de El Jueves