«General, vigile a su hija: ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo aún estaba de pie». Phillip Marlowe.
lunes, 20 de diciembre de 2010
sábado, 18 de diciembre de 2010
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto... Idea Vilariño
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto,
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.
Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.
Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.
Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.
Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente...
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.
Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.
Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.
Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.
Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente...
miércoles, 8 de diciembre de 2010
La seducción
"Para seducir a las muchachas no he seguido otra estrategia que la del cazador, que simplemente consiste en no hacer nada".
José Agustín Goytisolo, poeta.
Yo sé que Mario Vargas Llosa es muchas cosas y no todas buenas, sé que el autor de Conversación en la Catedral, La ciudad y los perros o La Casa Verde, no es el mismo que el de Travesuras de la niña mala o La casa del celta, porque el tiempo no es amigo de nadie. La decadencia literaria del genio de Arequipa o su trayectoria política, incómoda para la izquierda, no menoscaban la belleza de una parte esencial de su obra, que es indispensable para entender lo que se llamó el milagro literario latinoamericano, del que la agente catalana Carmen Balcells y algunos poetas de la generación del 50 - sobre todo pertenecientes al núcleo poético de la Escuela de Barcelona-, tienen buena parte de culpa.
Ayer, en su discurso de recepción del Premio Nobel, Vargas Llosa se reencontró con la palabra y tejió una pieza bellísima de orfebrería literaria con varios cantos sucesivos: al amor por la literatura; por su país andino y oceánico, por el continente que lo alberga; amor por España - con mención especial a mi malherida Barcelona-; amor por Patricia, su mujer. Y un vibrante alegato a favor de la libertad y contra toda tiranía.
Mario Vargas Llosa no oculta el neoliberal que es a día de hoy, algo difícil de digerir para muchos de los que recuerdan su determinado y valeroso activismo contra la dictadura de Franco. Muchas de sus opiniones son punzantes ataques a buena parte de las cosas en las que yo creo; asimismo, defiende hechos y actitudes que a mí me provocan un intenso rechazo.
Todo eso es cierto y lo tengo presente, pero leyendo el discurso de Estocolmo me he reconciliado en buena medida con el gran escritor peruano.
Esa imperturbabilidad suya durante el discurso, apenas quebrada en el párrafo que hace referencia a su mujer, me recordó la frase de Goytisolo que encabeza esta entrada, aunque muchos crean que no alberga relación alguna, pero es que Vargas Llosa ha vuelto a seducirme, como cuando cogí entre mis manos por primera vez, hará ya treinta años, La ciudad y los perros.
José Agustín Goytisolo, poeta.
Yo sé que Mario Vargas Llosa es muchas cosas y no todas buenas, sé que el autor de Conversación en la Catedral, La ciudad y los perros o La Casa Verde, no es el mismo que el de Travesuras de la niña mala o La casa del celta, porque el tiempo no es amigo de nadie. La decadencia literaria del genio de Arequipa o su trayectoria política, incómoda para la izquierda, no menoscaban la belleza de una parte esencial de su obra, que es indispensable para entender lo que se llamó el milagro literario latinoamericano, del que la agente catalana Carmen Balcells y algunos poetas de la generación del 50 - sobre todo pertenecientes al núcleo poético de la Escuela de Barcelona-, tienen buena parte de culpa.
Ayer, en su discurso de recepción del Premio Nobel, Vargas Llosa se reencontró con la palabra y tejió una pieza bellísima de orfebrería literaria con varios cantos sucesivos: al amor por la literatura; por su país andino y oceánico, por el continente que lo alberga; amor por España - con mención especial a mi malherida Barcelona-; amor por Patricia, su mujer. Y un vibrante alegato a favor de la libertad y contra toda tiranía.
Mario Vargas Llosa no oculta el neoliberal que es a día de hoy, algo difícil de digerir para muchos de los que recuerdan su determinado y valeroso activismo contra la dictadura de Franco. Muchas de sus opiniones son punzantes ataques a buena parte de las cosas en las que yo creo; asimismo, defiende hechos y actitudes que a mí me provocan un intenso rechazo.
Todo eso es cierto y lo tengo presente, pero leyendo el discurso de Estocolmo me he reconciliado en buena medida con el gran escritor peruano.
Esa imperturbabilidad suya durante el discurso, apenas quebrada en el párrafo que hace referencia a su mujer, me recordó la frase de Goytisolo que encabeza esta entrada, aunque muchos crean que no alberga relación alguna, pero es que Vargas Llosa ha vuelto a seducirme, como cuando cogí entre mis manos por primera vez, hará ya treinta años, La ciudad y los perros.
lunes, 6 de diciembre de 2010
¿ Por qué no voto?
Las elecciones catalanas del pasado 28 de noviembre, no han hecho otra cosa que oscurecer el panorama político español para los próximos años.
Los nacionalistas conservadores se presentaron como la única alternativa al falso gobierno de izquierdas - presidido por Pasqual Maragall, primero, y José Montilla, después- arrasando hasta rozar el cielo de la mayoría absoluta. Los primeros discursos de la noche electoral apuntaron a la llamada "sociovergencia", modelo de gran coalición a la alemana, que dejaría cautivo todo voto mínimamente crítico con la extraña tranquilidad política que caracteriza al llamado "oasis catalán".
En Cataluña no existen fuerzas políticas de izquierda no nacionalista y, en consecuencia, no hay candidaturas que representen esa sección del arco ideológico. Todos los los que carecen de debilidades patrióticas, están huérfanos de listas electorales en cualquiera de las citas que la ciudadanía tiene, periódicamente, para elegir a sus representantes y, por si no fuera poco, son incluidos por casi todos en las filas de la derecha pura y durísima que tan notable avance ha logrado, por cierto.
Hace un tiempo tomé la dolorosa decisión de no acudir a las urnas: la imposibilidad de reflejar mi opinión sobre las cuestiones que me afectan como ciudadano y el poco interés que esta situación merece entre los que debieran preocuparse por estas cosas, convierte en inútil cualquier supuesto voto útil - útil, se entiende, a los intereses de las fuerzas parlamentarias que defienden, por encima de todo, sus intereses de casta-.
Ha sido un gran éxito del nacionalismo, es decir, de la derecha, puesto que eso y no otra cosa son los nacionalistas: ha logrado desnaturalizar todo el debate político, trasladándolo desde el eje derecha/izquierda al nacionalista/ no nacionalista, en el que se siente muy cómodo porque evita todo cuestionamiento de las injusticias del sistema capitalista, que es el verdadero objetivo.
Los ciudadanos se han manifestado y, de manera totalmente legítima, han decidido que son más importantes las banderas que las personas. No hay nada que objetar, pero lamento que las consecuencias de todo este proceso de miserabilización intelectual deban ser asumidas por todos sin excepción, salvo por las élites que más y mejor se han beneficiado con él.
Los nacionalistas conservadores se presentaron como la única alternativa al falso gobierno de izquierdas - presidido por Pasqual Maragall, primero, y José Montilla, después- arrasando hasta rozar el cielo de la mayoría absoluta. Los primeros discursos de la noche electoral apuntaron a la llamada "sociovergencia", modelo de gran coalición a la alemana, que dejaría cautivo todo voto mínimamente crítico con la extraña tranquilidad política que caracteriza al llamado "oasis catalán".
En Cataluña no existen fuerzas políticas de izquierda no nacionalista y, en consecuencia, no hay candidaturas que representen esa sección del arco ideológico. Todos los los que carecen de debilidades patrióticas, están huérfanos de listas electorales en cualquiera de las citas que la ciudadanía tiene, periódicamente, para elegir a sus representantes y, por si no fuera poco, son incluidos por casi todos en las filas de la derecha pura y durísima que tan notable avance ha logrado, por cierto.
Hace un tiempo tomé la dolorosa decisión de no acudir a las urnas: la imposibilidad de reflejar mi opinión sobre las cuestiones que me afectan como ciudadano y el poco interés que esta situación merece entre los que debieran preocuparse por estas cosas, convierte en inútil cualquier supuesto voto útil - útil, se entiende, a los intereses de las fuerzas parlamentarias que defienden, por encima de todo, sus intereses de casta-.
Ha sido un gran éxito del nacionalismo, es decir, de la derecha, puesto que eso y no otra cosa son los nacionalistas: ha logrado desnaturalizar todo el debate político, trasladándolo desde el eje derecha/izquierda al nacionalista/ no nacionalista, en el que se siente muy cómodo porque evita todo cuestionamiento de las injusticias del sistema capitalista, que es el verdadero objetivo.
Los ciudadanos se han manifestado y, de manera totalmente legítima, han decidido que son más importantes las banderas que las personas. No hay nada que objetar, pero lamento que las consecuencias de todo este proceso de miserabilización intelectual deban ser asumidas por todos sin excepción, salvo por las élites que más y mejor se han beneficiado con él.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Muertes con estilo - Modelo 1
Se toma una copa de vino Frescobaldi, acompañando a un buen queso y unas olivas negras. Mientras mira el atardecer en la ciudad de Roma, una hermosa joven le besa, le clava una fina daga en el costado y usted muere entre sus brazos.
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