Hoy se cumplen 106 años del fusilamiento de un hombre digno y honesto como pocos: Francesc Ferrer i Guàrdia, pedagogo y teórico anarquista que renovó el concepto de educación a través de la Escuela Moderna, centro educativo que impartía enseñanza inspirado en los principios de de la pedagogía libertaria (escuela laica, mixta, racionalista, moral y no represiva)
En sus apenas cinco años de vida, la Escuela Moderna sentó las bases de las reformas educativas que años más tarde emprendería la II República, también muy influidas por la Institución Libre de Enseñanza.
Tras los hechos de la Semana Trágica de Barcelona en 1909, Ferrer i Guàrdia, que se había ganado la aversión de la oligarquía por su constante rechazo de los privilegios que esta consideraba de origen divino, fue detenido y sometido a un juicio lleno de irregularidades que lo condujo ante el pelotón de fusilamiento. Huelga decir que Ferrer no tuvo absolutamente nada que ver con los hechos que se le imputaron; su muerte provocó una oleada de protestas en toda Europa, sin consecuencias prácticas para el régimen corrupto de la Restauración.
«General, vigile a su hija: ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo aún estaba de pie». Phillip Marlowe.
martes, 13 de octubre de 2015
miércoles, 7 de octubre de 2015
El baile de Soraya
La política espectáculo se la podrán permitir, con reticencias y en todo caso, países con larga tradición democrática, en los que una ciudadanía consciente de sus derechos, no olvidará la exigencia a sus cargos electos ni confundirá el espectáculo con la política y viceversa, por muy estrecha que sea la relación entre ambas en más ocasiones de las deseables.
Desgraciadamente, no es el caso de la periferia sur de Europa: democracias endebles con ciudadanos instalados en la desidia, propia de quienes saben de la poca influencia que han tenido sus deseos en los asuntos de gobierno.
Ejemplos como el de Berlusconi, que cantaba, explicaba chistes y bailaba mientras robaba a manos llenas y permitía que lo hicieran sus jefes del crimen organizado, deberían alertarnos de que las sociedades políticamente inmaduras no pueden permitirse, de ninguna manera, caer en estas estrategias de mercado de objetivos siempre discutibles.
Entre nosotros la política espectáculo, de raíz anglosajona, quiere banalizar el ejercicio de poder, hacer llegar a los ciudadanos el mensaje de la poca importancia de la actividad política, que acaba convirtiéndose en una molestia de la que es mejor desprenderse, delegando a los terceros, los partidos políticos, toda responsabilidad en la gestión de los procesos de gobierno.
Desgraciadamente, no es el caso de la periferia sur de Europa: democracias endebles con ciudadanos instalados en la desidia, propia de quienes saben de la poca influencia que han tenido sus deseos en los asuntos de gobierno.
Ejemplos como el de Berlusconi, que cantaba, explicaba chistes y bailaba mientras robaba a manos llenas y permitía que lo hicieran sus jefes del crimen organizado, deberían alertarnos de que las sociedades políticamente inmaduras no pueden permitirse, de ninguna manera, caer en estas estrategias de mercado de objetivos siempre discutibles.
Entre nosotros la política espectáculo, de raíz anglosajona, quiere banalizar el ejercicio de poder, hacer llegar a los ciudadanos el mensaje de la poca importancia de la actividad política, que acaba convirtiéndose en una molestia de la que es mejor desprenderse, delegando a los terceros, los partidos políticos, toda responsabilidad en la gestión de los procesos de gobierno.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Fernando Trueba y su premio
Han provocado urticaria las palabras de Fernando Trueba en la entrega del Premio Nacional de Cinematografía, con el que había sido distinguido por su trayectoria profesional. Es algo que me ha molestado, pero que no me ha causado ninguna extrañeza.
Trueba, director sobrevalorado donde los haya, no hizo más que dar voz a los que nos sentimos perdedores de la guerra de la Independencia: ojalá hubieran ganado los franceses, y con ellos la escuela pública, el laicismo, el amor por la cultura, los grandes museos nacionales, etc.
El director, en efecto, dijo no sentirse español, no reconocerse en patria alguna; esta es una vieja batalla que algunos sostenemos ya sin esperanzas de victoria, aunque la terquedad sea un gran acicate.
Se le ha recriminado que reniegue de la nacionalidad y coja el dinero: es algo absurdo, él coge un dinero que le dan por un trabajo realizado sin cometer delitos, con independencia del valor cultural que merezca ese trabajo. Todos cobramos por nuestro trabajo o deberíamos hacerlo, eso no es incompatible con el sentimiento de ajenidad, incluso aversión, a una comunidad nacional. No es bueno mezclar las lentejas con las banderas. Llevados por ese criterio no podríamos formular crítica alguna al país que nos vio nacer o, en caso de hacerlo, no podríamos recibir ayuda o sueldo alguno aunque nuestra conducta cívica fuera intachable.
Las patrias no son sagradas, son convenciones que sirven para que los pobres les hagan las guerras a los ricos (he perdido la cuenta de las veces que he escrito esto mismo) y se ubican en la zona visceral de nuestro cerebro, incluso en las gónadas, nunca en la razón. En la Razón, que diría Robespierre.
Trueba tiene todo el derecho a satisfacer su ego con agasajos y dinero, mientras reniega mil veces de la patria que la casualidad le ha asignado. Yo le entiendo perfectamente: soy de unas pocas ciudades, de unas cuantas películas y, finalmente, de unas pocas patrias que ya no existen. No me pelearía por ninguna de ellas, no iría a ninguna guerra por ellas y, por supuesto, no le exigiría a nadie que renunciase a un premio por no compartir mis neurosis.
Añado, y concluyo con ello: lamento que un admirador declarado de Billy Wilder se haya visto obligado a alegar falta de entendimiento de sus palabras o en la intención y el tono con que fueron pronunciadas; lo lamento porque es una nueva victoria de los talibanes de cualquier patria; y, con toda franqueza, siempre preferiré a un tipo simpático que admira a Billy Wilder, antes que a unos chalados a lomos de sus banderas voladoras.
Trueba, director sobrevalorado donde los haya, no hizo más que dar voz a los que nos sentimos perdedores de la guerra de la Independencia: ojalá hubieran ganado los franceses, y con ellos la escuela pública, el laicismo, el amor por la cultura, los grandes museos nacionales, etc.
El director, en efecto, dijo no sentirse español, no reconocerse en patria alguna; esta es una vieja batalla que algunos sostenemos ya sin esperanzas de victoria, aunque la terquedad sea un gran acicate.
Se le ha recriminado que reniegue de la nacionalidad y coja el dinero: es algo absurdo, él coge un dinero que le dan por un trabajo realizado sin cometer delitos, con independencia del valor cultural que merezca ese trabajo. Todos cobramos por nuestro trabajo o deberíamos hacerlo, eso no es incompatible con el sentimiento de ajenidad, incluso aversión, a una comunidad nacional. No es bueno mezclar las lentejas con las banderas. Llevados por ese criterio no podríamos formular crítica alguna al país que nos vio nacer o, en caso de hacerlo, no podríamos recibir ayuda o sueldo alguno aunque nuestra conducta cívica fuera intachable.
Las patrias no son sagradas, son convenciones que sirven para que los pobres les hagan las guerras a los ricos (he perdido la cuenta de las veces que he escrito esto mismo) y se ubican en la zona visceral de nuestro cerebro, incluso en las gónadas, nunca en la razón. En la Razón, que diría Robespierre.
Trueba tiene todo el derecho a satisfacer su ego con agasajos y dinero, mientras reniega mil veces de la patria que la casualidad le ha asignado. Yo le entiendo perfectamente: soy de unas pocas ciudades, de unas cuantas películas y, finalmente, de unas pocas patrias que ya no existen. No me pelearía por ninguna de ellas, no iría a ninguna guerra por ellas y, por supuesto, no le exigiría a nadie que renunciase a un premio por no compartir mis neurosis.
Añado, y concluyo con ello: lamento que un admirador declarado de Billy Wilder se haya visto obligado a alegar falta de entendimiento de sus palabras o en la intención y el tono con que fueron pronunciadas; lo lamento porque es una nueva victoria de los talibanes de cualquier patria; y, con toda franqueza, siempre preferiré a un tipo simpático que admira a Billy Wilder, antes que a unos chalados a lomos de sus banderas voladoras.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
En memoria de Carlos Sahagún, poeta.
En la muerte de Carlos Sahagún no queda otra que recordarlo de la mejor manera que se puede hacer con un poeta: leyendo, que no diciendo, sus versos.
Renuncio a morir
Era el otoño y la hoja de aquel árbol
temblaba. También yo, también nosotros
teníamos un temblor nuevo, una nueva
y enfebrecida tarde. Como el mar
que rompe hacia las rocas y las vence,
así eras tú, estudiante. Conocía
tu soledad, tu cuerpo, desde antes
de ver tu cuerpo y ver tu soledad.
« ¿Estudias mucho? » «Estudio poco.» «¿Vives
poco?» « No, vivo mucho.» Parecía
que tus palabras me arrastraban, era
todo tan nuestro de verdad, tan bello
de verdad, tan sencillo. Me acordaba
de aquel niño lejano que aún creía
en Dios, en sus milagros. (Madre, madre,
un día vendrá Dios hasta los pobres
y hará justicia.) Mientras, era el campo,
fijamente mirábamos el campo
verde, universitario, lentamente
se humedecía la yerba. Era de oro
la hoja del árbol y temblaba, era
no sé de qué tu corazón y abría
sus puertas a la yerba verde y húmeda.
Náufragos del jardín, resucitábamos,
llegábamos a amarnos, me perdía,
me salvaba, dudé, toqué las llagas
de aquel paisaje con los dedos como
se toca un árbol, una flor, un cuerpo:
para creer. Olía a vida. Se
respiraba la vida. De repente
alguien, el viento, nos dejó sin libros,
nos hizo dioses. Y quedamos solos,
frente a frente, mirando aquellos campos
solitarios, y libres, y vencidos,
a nuestros pies. Podía renunciarse
a morir ante aquel milagro. «Pero
¿me escuchas, me comprendes, vas conmigo?»
Era el otoño y la hoja de aquel árbol,
que era de oro de verdad, temblaba.
Renuncio a morir
Era el otoño y la hoja de aquel árbol
temblaba. También yo, también nosotros
teníamos un temblor nuevo, una nueva
y enfebrecida tarde. Como el mar
que rompe hacia las rocas y las vence,
así eras tú, estudiante. Conocía
tu soledad, tu cuerpo, desde antes
de ver tu cuerpo y ver tu soledad.
« ¿Estudias mucho? » «Estudio poco.» «¿Vives
poco?» « No, vivo mucho.» Parecía
que tus palabras me arrastraban, era
todo tan nuestro de verdad, tan bello
de verdad, tan sencillo. Me acordaba
de aquel niño lejano que aún creía
en Dios, en sus milagros. (Madre, madre,
un día vendrá Dios hasta los pobres
y hará justicia.) Mientras, era el campo,
fijamente mirábamos el campo
verde, universitario, lentamente
se humedecía la yerba. Era de oro
la hoja del árbol y temblaba, era
no sé de qué tu corazón y abría
sus puertas a la yerba verde y húmeda.
Náufragos del jardín, resucitábamos,
llegábamos a amarnos, me perdía,
me salvaba, dudé, toqué las llagas
de aquel paisaje con los dedos como
se toca un árbol, una flor, un cuerpo:
para creer. Olía a vida. Se
respiraba la vida. De repente
alguien, el viento, nos dejó sin libros,
nos hizo dioses. Y quedamos solos,
frente a frente, mirando aquellos campos
solitarios, y libres, y vencidos,
a nuestros pies. Podía renunciarse
a morir ante aquel milagro. «Pero
¿me escuchas, me comprendes, vas conmigo?»
Era el otoño y la hoja de aquel árbol,
que era de oro de verdad, temblaba.
viernes, 4 de septiembre de 2015
Notas a bote pronto de un blogger
1.- Que las emociones no nos hagan olvidar que la estancia de los refugiados entre nosotros será larga, incluso definitiva.
2.- Que la posibilidad de una larga, incluso definitiva, estancia, no nos haga olvidar que tratamos con seres humanos y, por tanto, debemos ayudarlos en todo lo que podamos. Es un deber moral ineludible.
3.- Angela Merkel no se ha vuelto bondadosa de repente: ha visto el milagro de cientos de miles de esclavos potenciales para la industria alemana, a los que todavía podrá pagar menos que a griegos, italianos o españoles. El mismo cuento puede aplicarse a David Cameron.
4.- Sea cuál sea la resolución de la crisis, sabemos algo cierto: España ha vuelto a quedar a la altura de su tradición chapucera y cobarde con los poderosos.
5.- Hay dos imágenes, además de la del cadáver del pequeño sirio ahogado entre Turquía y Grecia, que marcarán nuestra memoria: los policías checos marcando a los refugiados en los andenes de un pueblo fronterizo y los cruceros de lujo cruzándose con las barcas neumáticas, llenas a rebosar de refugiados, en las aguas del Egeo.
6.- Espero que, finalmente, la dignidad de Europa no quede en la de unas pocas ciudades. No soy optimista.
2.- Que la posibilidad de una larga, incluso definitiva, estancia, no nos haga olvidar que tratamos con seres humanos y, por tanto, debemos ayudarlos en todo lo que podamos. Es un deber moral ineludible.
3.- Angela Merkel no se ha vuelto bondadosa de repente: ha visto el milagro de cientos de miles de esclavos potenciales para la industria alemana, a los que todavía podrá pagar menos que a griegos, italianos o españoles. El mismo cuento puede aplicarse a David Cameron.
4.- Sea cuál sea la resolución de la crisis, sabemos algo cierto: España ha vuelto a quedar a la altura de su tradición chapucera y cobarde con los poderosos.
5.- Hay dos imágenes, además de la del cadáver del pequeño sirio ahogado entre Turquía y Grecia, que marcarán nuestra memoria: los policías checos marcando a los refugiados en los andenes de un pueblo fronterizo y los cruceros de lujo cruzándose con las barcas neumáticas, llenas a rebosar de refugiados, en las aguas del Egeo.
6.- Espero que, finalmente, la dignidad de Europa no quede en la de unas pocas ciudades. No soy optimista.
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