domingo, 16 de octubre de 2011

Poesía - Déborah Vukusic

cuento cuentos
me cuento cuentos a mí misma
cada noche
para recordarme la ilusión que perdí
los niños quieren que les lean el mismo cuento
una y otra vez
se lo apreden de memoria
y cuando los padres se equivocan
o se saltan algún párrafo
para agilizarles el sueño
los recriminan y piden que vuelvan atrás
así se cambian los roles
y son los niños
quienes dicen a los padres
lo que deben hacer o decir

cuento cuentos
me cuento el mismo cuento cada noche
para decirle al futuro
cómo tiene que ser

viernes, 14 de octubre de 2011

Las últimas palabras de Norman Bates a su madre - Joaquín Piqueras

Si este mentido asesino de dones
atraviesa la noche oscura de su alma
es para dejarte bien claro, mamá,
que no me arrepiento de nada.
Oíste bien,
Es imposible sentirse culpable
cuando no hay más límites
que las dimensiones de esta pantalla.

Sabes que por mucho que me identifique
con los revividos muertos
de George A. Romero,
que haga tan míos los encendidos ojos
de Christopher Lee,
como abyecta la mirada
de Vicent Price,
soy incapaz de matar una mosca;
a veces incluso soy un cobarde
que huye por los intrincados laberintos
de su memoria, sintiendo detrás
el estridente aliento de la motosierra
de Leatherface,
el hacha homicida
de Jack Torrance,
las afiladas uñas
de Freddy Krueger,
y corre entre viejas
y enmohecidas lápidas,
y se pierde entre las ruinas de un castillo
poblado de fantasmas
que pronuncian tu nombre;
pero el final, mamá, siempre es el mismo,
aterrizar de bruces sobre la realidad,

podría hacerlo sobre el vibrante cuerpo
de Soledad Miranda,
en una peli de Jess Franco,
o en ese agujero en la pared que conduce
directamente a los encantos
de Janet Leigth,
pero no,
lo hago sobre esta realidad que me entritece,
en la que soy tan frágil como una virgen
a punto de ser asesinada.

No me arrepiento, mamá,
por mucho que quieras
hacerme sentir culpable,
sabes que mis crímenes

no son de este mundo


Este poema ha sido copiado del blog de Gsús Bonilla

jueves, 13 de octubre de 2011

The Horse Soldiers ( John Ford - 1959)

A principios de 1863, un coronel del ejército de la Unión recibe la orden de internarse, con una brigada de caballería, en territorio confederado, para destruir una estación ferroviaria de gran importancia, Newton, en la provisión de suministros al ejército confederado que defendía la ciudad de Vicksburg.
Enfrentado desde el inicio al médico que acompaña a su unidad, pasará por numerosos contratiempos antes de culminar su misión, entre ellos el de verse obligado a coger como rehén a una mujer sureña.

John Ford dirigió esta espléndida película con su habitual pulso, manejando la antipatía que se profesaban sus dos protagonistas, John Wayne como el disciplinado y estricto coronel Marlowe y William Holden, como el mayor Kendall, médico de la expedición. Ambos se disputarán el amor de Hannah Hunter, excelente Constance Towers, una dama sureña a la que se ven obligados a tomar como rehén, para que no revele su posición a las fuerzas confederadas.
" Misión de audaces", así se tituló en España muy adecuadamente, por cierto, tiene todas las caracteríscas del cine de Ford: magnífica fotografía, guion magistral, gotas de ironía y humor irlandés a lo largo de la cinta y, finalmente, el halo del gran cine que ya no vemos desde hace décadas, con todo el brillo del "star system" americano.

El arranque de la película es uno de los grandes momentos del western bélico, con la columna de caballería avanzando al son de " I Left My Love", una de las canciones más populares de la Unión  y contiene, además, una escena que ha pasado a la historia del género: cuando los confederados advierten que no disponen de fuerzas para cortar el paso a los unionistas, piden al director de una academia militar juvenil, que envíe a sus cadetes contra el enemigo. Naturalmente, la carga a la bayoneta de esos jóvenes caballeros del Sur logra poner en fuga  los odiados "yankees"; a los sones de "Bonnie Blue Flag", primero y el toque " Dixie", después

Aquí dejo la letra de I Left My Love, con los títulos de crédito de la película:

I left my love, my love I left a sleepin' in her bed.
I turned my back on my true love when fightin' Johnny Reb.
I left my love a letter in the hollar of a tree.
I told her she would find me, in the US Cavalry.

Hi-Yo! Down they go, there's no such word as can't.
We're riding down to hell and back for Ulysses Simpson Grant.

Hi-Yo! Down they go, there's no such word as can't.
We're riding down to hell and back for Ulysses Simpson Grant.

I left my love, my love I left a sleepin' in her bed.
I turned my back on my true love when fightin' Johnny Reb.
I left my love a letter in the hollar of a tree.
I told her she would find me, in the US Cavalry, in the US Cavalry.

Hi-Yo! Down they go, there's no such word as can't.
We're riding down to hell and back for Ulysses Simpson Grant.






Y aquí dejo la escena completa de la carga de los cadetes de la Academia Jefferson:






martes, 11 de octubre de 2011

Ramón

Ramón Torpe siempre había estado en un rincón de la vida, ni siquiera la herencia de su abuela le permitió salir. Al poco de recibirla, empezó a frecuentar el restaurante más caro de Verdina Alta, sin que eso pareciera importar a los camareros o a la agradable chica de la caja. Quiso atribuirlo al carácter provinciano de la villa, que había perdido su condición de destino turístico años atrás.
No soportaba quedar en la sombra social siendo un hombre adinerado; tanto, al menos, como los que le habían apartado de fiestas y chicas en el colegio y la universidad. Un día, decidió comportarse de manera extravagante para conseguir la atención de todos: menús extraños y comportamientos singulares - se dijo muy convencido- le forjarían una imagen de sabio despistado y seductor. Su título de licenciado le sirvió para confeccionar un llamativo gorro amarillo de cartulina.

Todos los martes, a las doce en punto, llegaba al restaurante y pedía dos platos de lentejas con chorizo y un trozo de chocolate. Siempre bebía zumo de manzana con menta y canela. Los camareros no salían de su asombro: ciento veintidós euros de propina dejaba.
Las sonrisas de cómplice admiración que percibía después de su primeras actuaciones, estimularon una generosidad que se materializó en la misma propina todos los días; cada martes, los camareros echaban a suertes quién se haría con el servicio de la mesa de aquel hombre enjuto con gafas de gruesos cristales, que siempre vestía ropa de cuarenta o cincuenta años atrás y contaba anécdotas de dudoso gusto.

Un día, vio con claridad que estaba ante su momento cumbre, el que le haría pasar a la historia de Verdina Alta y, quién sabe, de la comarca o el país entero: dos altos cargos de la policía local almorzaban en el restaurante, Ramón se acercó al más joven de ellos y le orinó en una pata de la silla. El hombre reprendió con voz grave y clara a Ramón, por su actitud, concitando la atención de todos los comensales: conocían sobradamente a aquel hombre extraño y solitario, que todos los martes se sentaba en la mesa más cercana a los servicios. Ante la posibilidad de quedar borrado de la escena, de su escena, por un advenedizo, Ramón se bajó los pantalones e invitó al joven a comprobar el buen estado de su virilidad.

El juez tomó en consideración el estado de Ramón y lo confinó en un establecimiento de reposo muy cercano a la playa. De nuevo convertido en uno más, Ramón se paseaba desnudo por el jardín, cuando veía que algún grupo de jóvenes se acercaba a la verja del sanatorio, por el camino del espigón. Pronto fue imitado por otros internos y no le quedó más remedio que compartir público con sus compañeros, no tenía dinero para pagar propinas y el menú era único, como los pijamas azules que utilizaban todos cuando no se desnudaban en el jardín.

lunes, 10 de octubre de 2011

Sin rencor

No sabía como responder a las declaraciones del neofascista Durán i Lleida. Y eso que he dedicado mis buenas horas a la empresa, pero con poco éxito. Durán, Mas, Aguirre, Botella, Cospedal y tantos otros representantes de la derecha en este país, no son otra cosa que enemigos confesos de la clase trabajadora. Ellos, que desde la cuna han tenido una vida regalada, apenas son capaces de abandonar todos los prejuicios del niño rico hacia el trabajador,  con independencia de su raza, sexo o religión ( imagino que por mandato de esa constitución que tan sagrada les parece cuando les conviene) A sus ojos, los obreros no son otra cosa que un mal necesario, un mal de vagos, sucios e ignorantes que no necesitan demasiada educación, ni viviendas dignas, ni otra sanidad que la que pueda brindarse desde la beneficencia propiciada por las damas de los barrios más distinguidos de España.
Haremos mal los trabajadores en interpretar las memeces y salidas de tono de estos personajes, en la clave identitaria que, por muy diversas razones, tan grata resulta a todos ellos y tantos réditos  les da en las convocatorias electorales.
Pocos versos me han emocionado tanto como los que Miguel Hernández tejió para la tricolor que flamea en  " Andaluces de Jaén" , y hoy quiero dedicarla, en la voz de Paco Ibáñez, a todos los trabajadores que han levantado el país sobre sus hombros.
¡ Salud y República!