Nada envidio con más ganas que la fertilidad creativa y el dominio del lenguaje de alguno de mis escritores favoritos. Así, me gustaría escribir algunas líneas sobre Johan Cruyff, el hombre que nos hizo soñar, pero me quedaría un texto cursi, teñido de una emotividad primaria que prefiero evitar porque él no la merece. Otra posibilidad sería escribir algo sobre los atentados de Bruselas, tema inadecuado por su crudeza, en un texto de marcado carácter terapéutico.
A primera hora de esta tarde me he quedado dormido en el sofá, disfrutando de mi sueño favorito: soy un afamado director de cine y las jóvenes actrices beben los vientos por trabajar en mis películas.
El sueño ha acabado a causa de los bocinazos de alguien que llegaba tarde al Via Crucis, supongo.
He aprovechado la coyuntura para tomar una buena dosis del ansiolítico más eficiente y asequible que conozco: el paseo bajo la lluvia; optando, en esta ocasión, por las calles de mi barrio, tan cambiadas y cambiantes, como ha sucedido en otras partes: barrios antes obreros y ahora populares que, en pocos años, han visto la llegada y marcha de miles de nuevos vecinos. En el mío, sin ir más lejos, se han ido instalando muchos rusos, que van ocupando el lugar de los latinoamericanos que regresan a sus países, ahora relativamente prósperos.
Me he dirigido a la arteria principal, a lo largo de la que se derrama el barrio; en ella se acumulan comercios, tránsito y obra pública en vísperas electorales.
Alcanzado el ecuador de la calle, se encuentra una zona ajardinada agradable y de una cierta extensión; en su centro, a cubierto en un quiosco, estaba tocando un grupo de músicos callejeros a los que no acostumbro a prestar demasiada atención, pero estos, con un swing muy alegre, me han invitado a acercarme. Con la proximidad he reparado en los carteles que, a modo de escapularios, llevaba colgados uno de ellos, el de más edad. En el primero se podía leer: "Soy doctor en Físicas y licenciado en Filosofía, como se puede ver en las fotocopias de los títulos que siempre llevo conmigo. Hace unos meses decidí dedicarme a mi verdadera vocación: pasar frío y vivir del dinero que consigo honestamente en la calle... a cambio de sentir que soy músico las 24 horas del día."
Después de un largo rato escuchando buena música, he vuelto sobre mis pasos. En el camino a casa ha arreciado la lluvia, mientras yo, feliz, me imaginaba bailando como nunca lo hago: con gracia.
«General, vigile a su hija: ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo aún estaba de pie». Phillip Marlowe.
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sábado, 26 de marzo de 2016
sábado, 1 de marzo de 2014
Brevísima referencia a Ana María Moix.
Se ha ido Ana María Moix, escritora y editora que vivió los años dorados de la "gauche divine", ese grupo de hijos de la alta burguesía catalana que buscó el desmarque del entorno sociopolítico a través de la cultura, el arte y una vida personal muy alejada de los cánones establecidos por el régimen.
Moix, durante años la hermana de Terenci y nada más, fue una más que notable poeta, narradora, periodista y, sin duda, una de las mejores editoras españolas. Formó parte de los Novísimos de Castellet.
También deben contarse en su haber el impulso al llamado "boom" de escritores latinoamericanos (Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Fuentes, Paz, etc.) que se pasearon por Barcelona de la mano de Moix y de Carmen Balcells.
Pese a su estatura literaria, dedicó buena parte de su tiempo a reivindicar la obra de su hermano Terenci, al que estaba muy unida.
Con la Nena, como todavía era conocida, se arranca otro jirón de la Barcelona mítica de los sesenta y setenta, pija y mirándose al ombligo más de la cuenta, cierto, pero con una curiosidad insaciable por todo lo que venía de fuera.
Descanse en paz.
Moix, durante años la hermana de Terenci y nada más, fue una más que notable poeta, narradora, periodista y, sin duda, una de las mejores editoras españolas. Formó parte de los Novísimos de Castellet.
También deben contarse en su haber el impulso al llamado "boom" de escritores latinoamericanos (Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Fuentes, Paz, etc.) que se pasearon por Barcelona de la mano de Moix y de Carmen Balcells.
Pese a su estatura literaria, dedicó buena parte de su tiempo a reivindicar la obra de su hermano Terenci, al que estaba muy unida.
Con la Nena, como todavía era conocida, se arranca otro jirón de la Barcelona mítica de los sesenta y setenta, pija y mirándose al ombligo más de la cuenta, cierto, pero con una curiosidad insaciable por todo lo que venía de fuera.
Descanse en paz.
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miércoles, 27 de noviembre de 2013
Ella
Ella era la mujer adecuada: morena, no muy alta y guapa; con un culo espléndido, aborrecía la playa.
domingo, 28 de julio de 2013
Crónicas galbánicas.
Los domingos no son útiles mas que por la mañana, para dar paseos gratificantes si el tiempo acompaña.
Por la tarde no tienen sentido; antes, en los años iniciáticos, podían dedicarse esas horas a la práctica del sexo más tierno, al simple cruce de miradas o a la lectura.
Siempre era preferible la cercanía del mar, por la brisa y el arrullo de las mareas.
Así, todo se reducía a dejar pasar las horas, que lo hacían con dulzura; uno podía llevar una cierta vida de rico indolente y amar, también, a Julia Flyte.
Esos momentos, estaba claro, eran privativos. Aquellos domingos de verano, ciertamente, hacían la vida más agradable.
Por la tarde no tienen sentido; antes, en los años iniciáticos, podían dedicarse esas horas a la práctica del sexo más tierno, al simple cruce de miradas o a la lectura.
Siempre era preferible la cercanía del mar, por la brisa y el arrullo de las mareas.
Así, todo se reducía a dejar pasar las horas, que lo hacían con dulzura; uno podía llevar una cierta vida de rico indolente y amar, también, a Julia Flyte.
Esos momentos, estaba claro, eran privativos. Aquellos domingos de verano, ciertamente, hacían la vida más agradable.
sábado, 27 de abril de 2013
Una novela.
Acabada la espléndida " La marcha Radetzky", de Joseph Roth. Probablemente no era la intención del autor, pero su lectura no ha hecho más que reafirmarme en mi nacionalismo austrohúngaro.
La desaparición del Imperio Austrohúngaro, espacio de comunicación e intercambio entre Oriente y Occidente forjado durante siglos, es algo que nunca podremos agradecer, de manera suficiente, al palurdo racista de Woodrow Wilson.
La desaparición del Imperio Austrohúngaro, espacio de comunicación e intercambio entre Oriente y Occidente forjado durante siglos, es algo que nunca podremos agradecer, de manera suficiente, al palurdo racista de Woodrow Wilson.
jueves, 21 de marzo de 2013
Desnudos
Leo en un periódico que la bella novia del futbolista Cristiano Ronaldo, Irina Shayk, ha posado desnuda por " una causa medioambiental"; dejando de lado la redacción del enunciado, que parece indicar que la señora Shayk aumenta la deforestación del Amazonas cuando va vestida, o algo parecido, quisiera señalar dos cosas: la primera es que la señora Shayk es muy bella y, contemplar su cuerpo desnudo, es motivo de alegría para cualquier amante del canon de belleza occidental; pero, en segundo lugar, sigo sin entender la eficacia de estas campañas en favor de las más justas y diversas causas que podamos urdir en nuestra imaginación.
Mi clara impresión es que la bondad de la causa solo busca mostrar un cuerpo que aceptamos como bello, o muy bello, de acuerdo al patrón cultural dominante en nuestra sociedad. Resulta evidente que si fuera la justa causa el verdadero objeto de la campaña, también participarían en ella los voluntariosos y laxos cuerpos del común de los ciudadanos; el mío con su cultivada barriguita, sin ir más lejos. Lo digo para que nadie se sienta forzado a nada, no porque me tenga por paradigma de las estéticas alternativas, no se vayan a creer ustedes.
Dicho todo esto, me quedan las preguntas del siglo: ¿ Por qué seguimos actuando como si, realmente, el altruismo moviera a los protagonistas de estas campañas? ¿ Por qué se les da espacio en los medios de comunicación pretendidamente serios? ¿ Por qué no podemos contemplar un cuerpo que se nos antoje bello, sin más?
En fin, ahí lo dejo.
Mi clara impresión es que la bondad de la causa solo busca mostrar un cuerpo que aceptamos como bello, o muy bello, de acuerdo al patrón cultural dominante en nuestra sociedad. Resulta evidente que si fuera la justa causa el verdadero objeto de la campaña, también participarían en ella los voluntariosos y laxos cuerpos del común de los ciudadanos; el mío con su cultivada barriguita, sin ir más lejos. Lo digo para que nadie se sienta forzado a nada, no porque me tenga por paradigma de las estéticas alternativas, no se vayan a creer ustedes.
Dicho todo esto, me quedan las preguntas del siglo: ¿ Por qué seguimos actuando como si, realmente, el altruismo moviera a los protagonistas de estas campañas? ¿ Por qué se les da espacio en los medios de comunicación pretendidamente serios? ¿ Por qué no podemos contemplar un cuerpo que se nos antoje bello, sin más?
En fin, ahí lo dejo.
sábado, 24 de noviembre de 2012
Inspiración
La hoja en blanco no atemoriza a ningún escritor; no saber qué escribir, sí. Y mucho, así que lo mejor es empezar a escribir cualquier cosa que le venga a uno a la cabeza, hasta que lleguen la inspiración o las conjunciones astrales necesarias.
Si una cosa así llegara a sucederme, no dudaría en hablar de ello sin tapujos. Debe resultar muy frustrante, supongo, para el que sufre un contratiempo de esta naturaleza: querer escribir a toda costa y no ser capaz de ello en absoluto... Cuando hablo de querer me refiero, naturalmente, a querer como sí le fuese a uno la vida en ello.
Es ese tipo de actitud obsesiva hasta la patología que, personalmente, me resulta desconocida por completo.
Me cago en las musas.
Si una cosa así llegara a sucederme, no dudaría en hablar de ello sin tapujos. Debe resultar muy frustrante, supongo, para el que sufre un contratiempo de esta naturaleza: querer escribir a toda costa y no ser capaz de ello en absoluto... Cuando hablo de querer me refiero, naturalmente, a querer como sí le fuese a uno la vida en ello.
Es ese tipo de actitud obsesiva hasta la patología que, personalmente, me resulta desconocida por completo.
Me cago en las musas.
martes, 6 de marzo de 2012
Felicidades de corazón
Cumple 85 años uno de los grandes de la literatura: Gabriel García Márquez, autor de uno de los inicios más conocidos de la historia de la narrativa:
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".
Gracias, Gabo.
jueves, 8 de diciembre de 2011
La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera ( fragmento)
Estaba sentada en el borde de la bañera y no podía dejar de mirar la corneja moribunda. Veía en su absoluto desamparo la imagen de su propio sino. Se dijo varias veces: no tengo en el mundo a nadie más que a Tomás.
¿Había llegado a la conclusión, tras el episodio con el ingeniero, de que las aventuras no tienen nada que ver con el amor? ¿De que son leves y no pesan nada? ¿Ya está más tranquila? En absoluto. Vuelve a su mente la siguiente escena: Salió del retrete y su cuerpo estaba en la antesala, desnudo y rechazado. El alma temblaba, asustada, en algún lugar, en la profundidad de las entrañas. Si en aquel momento el hombre que estaba en la habitación le hubiera hablado a su alma, se hubiera echado a llorar, hubiera caído en sus brazos.
Se imaginó que en su lugar hubiese estado en la antesala, junto al retrete, alguna de las amantes de Tomás y que, en lugar del ingeniero, hubiese estado dentro Tomás. Le habría dicho a la chica una sola palabra y ella lo hubiera abrazado llorando.
Teresa sabe que así es el momento en que nace el amor: la mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz. Tomás no está protegido ante los peligros del amor y Teresa ha de temer por él cada hora y a cada minuto.
¿Cuál es su arma? Únicamente su fidelidad. Se la ofreció desde el comienzo, desde el primer día, como sí supiera que no tenía otra cosa que darle. El amor que hay entre ellos es de una arquitectura extrañamente asimétrica: descansa sobre la seguridad absoluta de su fidelidad, como un palacio mastodóntico sobre una sola columna.
La corneja ya no movía las alas, sólo a veces le temblaba la patita herida, quebrada. Teresa no quería separarse de ella, como sí velase junto al lecho de una hermana suya moribunda. Al fin fue a la cocina a almorzar algo rápidamente.
Cuando volvió, la corneja había muerto.
¿Había llegado a la conclusión, tras el episodio con el ingeniero, de que las aventuras no tienen nada que ver con el amor? ¿De que son leves y no pesan nada? ¿Ya está más tranquila? En absoluto. Vuelve a su mente la siguiente escena: Salió del retrete y su cuerpo estaba en la antesala, desnudo y rechazado. El alma temblaba, asustada, en algún lugar, en la profundidad de las entrañas. Si en aquel momento el hombre que estaba en la habitación le hubiera hablado a su alma, se hubiera echado a llorar, hubiera caído en sus brazos.
Se imaginó que en su lugar hubiese estado en la antesala, junto al retrete, alguna de las amantes de Tomás y que, en lugar del ingeniero, hubiese estado dentro Tomás. Le habría dicho a la chica una sola palabra y ella lo hubiera abrazado llorando.
Teresa sabe que así es el momento en que nace el amor: la mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz. Tomás no está protegido ante los peligros del amor y Teresa ha de temer por él cada hora y a cada minuto.
¿Cuál es su arma? Únicamente su fidelidad. Se la ofreció desde el comienzo, desde el primer día, como sí supiera que no tenía otra cosa que darle. El amor que hay entre ellos es de una arquitectura extrañamente asimétrica: descansa sobre la seguridad absoluta de su fidelidad, como un palacio mastodóntico sobre una sola columna.
La corneja ya no movía las alas, sólo a veces le temblaba la patita herida, quebrada. Teresa no quería separarse de ella, como sí velase junto al lecho de una hermana suya moribunda. Al fin fue a la cocina a almorzar algo rápidamente.
Cuando volvió, la corneja había muerto.
jueves, 20 de octubre de 2011
00: 56 madrugada
No conviene escribir sin sentido y así hasta el infinito No infinito
conviene escribir sin sentido y así hasta el infinito conviene el en
escribir sin sentido y así hasta el infinito escribir hasta hasta el in
sin sentido y así hasta el infinito sin así así hasta el infinito No co
sentido y así hasta el infinito sentido y así hasta el infinito sin sent
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sábado, 15 de enero de 2011
La señora Walsh ha escrito...
El siguiente artículo fue escrito por María Elena Walsh ( + Buenos Aires, 10 de enero de 2011) y publicado por el diario Clarín el 16 de agosto de 1979. Fue la primera manifestación pública de rechazo, a las actuaciones de la dictadura argentina, por parte de una intelectual. En ella, hace referencia a la censura impuesta por los militares sobre toda creación cultural o artística. Hay que señalar, no obstante, que, como un elevado número de argentinos al inicio del llamado Proceso de Reorganización, Walsh justificaba de alguna manera las políticas para el restablecimiento del orden, llevadas a cabo por la Junta Militar, dado el hartazgo generalizado por la corrupción y el clima de terror impuesto por determinadas organizaciones paramilitares - o guerrilleras- de la órbita peronista:
Desventuras en el País Jardín-de-Infantes.
Si alguien quisiera recitar el clásico "Como amado en el amante / uno en otro residía..." por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar "por esa única vez" los sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o "desaconsejables". Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.
Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?"
El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.
Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: "La inflación ha muerto" (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.
Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.
Es verdad que no toda censura procede "de arriba" sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.
Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.
No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que "fusilaría a los muchachos de pelo largo". El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: "Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas..." ("Nena, eso no se toca.") O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera "danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas". ("Nene, eso no se hace.")
Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético.
Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?
Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?
Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.
Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.
El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía... vicios poco recomendables para una familia.
En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna "lista" creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.
Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese "sentido de familia" que se nos quiere inculcar escolarmente... y con interminables avisos de vinos.
Esta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura.
Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.
Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: "No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada".
Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de "derechos humanos", era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.
Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.
La autora "está muy cansada", no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. Porque más que la imagen del país en el exterior le importa y duele el cuerpo de ese país por dentro.
Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, munidos de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.
Desventuras en el País Jardín-de-Infantes.
Si alguien quisiera recitar el clásico "Como amado en el amante / uno en otro residía..." por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar "por esa única vez" los sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o "desaconsejables". Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.
Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?"
El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.
Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: "La inflación ha muerto" (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.
Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.
Es verdad que no toda censura procede "de arriba" sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.
Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.
No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que "fusilaría a los muchachos de pelo largo". El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: "Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas..." ("Nena, eso no se toca.") O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera "danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas". ("Nene, eso no se hace.")
Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético.
Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?
Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?
Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.
Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.
El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía... vicios poco recomendables para una familia.
En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna "lista" creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.
Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese "sentido de familia" que se nos quiere inculcar escolarmente... y con interminables avisos de vinos.
Esta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura.
Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.
Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: "No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada".
Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de "derechos humanos", era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.
Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.
La autora "está muy cansada", no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. Porque más que la imagen del país en el exterior le importa y duele el cuerpo de ese país por dentro.
Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, munidos de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.
sábado, 1 de enero de 2011
Rayuela - Julio Cortázar
“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”
Este es uno de los fragmentos más conocidos, hermosos y ciertos de Rayuela ( al menos, me gustaría pensar que es así) Yo lo he recordado al verlo citado en una entrevista a la joven y bellísima actriz Elisa Mouliaá, protagonista de esa cosa que se llama Águila Roja.
Me ha sorprendido que una de estas muchachas que pueblan las series televisivas tenga en la memoria Rayuela - confieso que mis prejuicios y prevenciones hacia esa estirpe de "intérpretes", son grandes y tercos-.
Hace tiempo que el oficio de actor se ha confiado a rostros atractivos sin ningún tipo de talento ni preparación. En este sentido, recuerdo declaraciones del protagonista de una exitosa serie, emitida por una cadena privada, sobre un pintoresco grupo de policías, que afirmaba sin rubor y entre las carcajadas de sus admiradoras, lo poco que le interesaban los libros y el cine pureta*.
Es una pena que la herencia de tantos cómicos extraordinarios haya quedado reducida a según qué y quién. Tal vez estábamos, sin saberlo, a la espera de la hermosa Elisa, redentora junto con las verdaderas actrices y actores que siguen luchando por la cultura desde el casi-anonimato. El último brindis de estas fiestas va por ellos.
*pureta: expresión despectiva o coloquial que sirve para referirse a una persona anciana o a algo viejo.
Este es uno de los fragmentos más conocidos, hermosos y ciertos de Rayuela ( al menos, me gustaría pensar que es así) Yo lo he recordado al verlo citado en una entrevista a la joven y bellísima actriz Elisa Mouliaá, protagonista de esa cosa que se llama Águila Roja.
Me ha sorprendido que una de estas muchachas que pueblan las series televisivas tenga en la memoria Rayuela - confieso que mis prejuicios y prevenciones hacia esa estirpe de "intérpretes", son grandes y tercos-.
Hace tiempo que el oficio de actor se ha confiado a rostros atractivos sin ningún tipo de talento ni preparación. En este sentido, recuerdo declaraciones del protagonista de una exitosa serie, emitida por una cadena privada, sobre un pintoresco grupo de policías, que afirmaba sin rubor y entre las carcajadas de sus admiradoras, lo poco que le interesaban los libros y el cine pureta*.
Es una pena que la herencia de tantos cómicos extraordinarios haya quedado reducida a según qué y quién. Tal vez estábamos, sin saberlo, a la espera de la hermosa Elisa, redentora junto con las verdaderas actrices y actores que siguen luchando por la cultura desde el casi-anonimato. El último brindis de estas fiestas va por ellos.
*pureta: expresión despectiva o coloquial que sirve para referirse a una persona anciana o a algo viejo.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Fragmento de Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke.
Hay actitudes en que, de repente, se siente uno identificado consigo mismo - dijo John Ford-. ¡ Ése soy yo!- se piensa-. Pero, por desgracia, casi siempre se está solo en esos momentos. Entonces se intenta repetirlas cuando se está con otros, y otra vez se equivoca uno y adopta una pose. Eso es lo malo. Resulta ridículo. Uno quisiera ser sorprendido meditando, y no en medio de sus rarezas. Se dice la verdad una vez, y se asusta uno mismo. La sensación de felicidad es tan grande, que no se soporta solo, y se quisiera decir en seguida otra vez la verdad...y, naturalmente, entonces se miente. Yo sigo mintiendo aún - prosiguió John Ford-. Sé lo que quiero en un momento determinado y, al momento siguiente, ya lo he perdido. Sólo soy feliz cuando sé exactamente lo que quiero. Entonces me parece no tener dientes en la boca, de pura felicidad.
jueves, 29 de julio de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Pigmalión - Augusto Monterroso
En la antigua Grecia existió hace mucho tiempo un poeta llamado Pigmalión que se dedicaba a construir estatuas tan perfectas que sólo les faltaba hablar.
Una vez terminadas, él les enseñaba muchas de las cosas que sabía: literatura en general, poesía en particular, un poco de política, otro poco de música y, en fin, algo de hacer bromas y chistes y salir adelante en cualquier conversación.
Cuando el poeta juzgaba que ya estaban preparadas, las contemplaba satisfecho durante unos minutos y como quien no quiere la cosa, sin ordenárselo ni nada, las hacía hablar.
Desde ese instante las estatuas se vestían y se iban a la calle y en la calle o en la casa hablaban sin parar de cuanto hay.
El poeta se complacía en su obra y las dejaba hacer, y cuando venían visitas se callaba discretamente (lo cual le servía de alivio) mientras su estatua entretenía a todos, a veces a costa del poeta mismo, con las anécdotas más graciosas.
Lo bueno era que llegaba un momento en que las estatuas, como suele suceder, se creían mejores que su creador, y comenzaban a maldecir de él.
Discurrían que si ya sabían hablar, ahora sólo les faltaba volar, y empezaban a hacer ensayos con toda clase de alas, inclusive las de cera, desprestigiadas hacía poco en una aventura infortunada.
En ocasiones realizaban un verdadero esfuerzo, se ponían rojas, y lograban elevarse dos o tres centímetros, altura que, por supuesto, las mareaba, pues no estaban hechas para ella.
Algunas, arrepentidas, desistían de esto y volvían a conformarse con poder hablar y marear a los demás.
Otras, tercas, persistían en su afán, y los griegos que pasaban por allí las imaginaban locas al verlas dar continuamente aquellos saltitos que ellas consideraban vuelo.
Otras más concluían que el poeta era el causante de todos sus males, saltaran o simplemente hablaran, y trataban de sacarle los ojos.
A veces el poeta se cansaba, les daba una patada en el culo, y ellas caían en forma de pequeños trozos de mármol.
FIN
Una vez terminadas, él les enseñaba muchas de las cosas que sabía: literatura en general, poesía en particular, un poco de política, otro poco de música y, en fin, algo de hacer bromas y chistes y salir adelante en cualquier conversación.
Cuando el poeta juzgaba que ya estaban preparadas, las contemplaba satisfecho durante unos minutos y como quien no quiere la cosa, sin ordenárselo ni nada, las hacía hablar.
Desde ese instante las estatuas se vestían y se iban a la calle y en la calle o en la casa hablaban sin parar de cuanto hay.
El poeta se complacía en su obra y las dejaba hacer, y cuando venían visitas se callaba discretamente (lo cual le servía de alivio) mientras su estatua entretenía a todos, a veces a costa del poeta mismo, con las anécdotas más graciosas.
Lo bueno era que llegaba un momento en que las estatuas, como suele suceder, se creían mejores que su creador, y comenzaban a maldecir de él.
Discurrían que si ya sabían hablar, ahora sólo les faltaba volar, y empezaban a hacer ensayos con toda clase de alas, inclusive las de cera, desprestigiadas hacía poco en una aventura infortunada.
En ocasiones realizaban un verdadero esfuerzo, se ponían rojas, y lograban elevarse dos o tres centímetros, altura que, por supuesto, las mareaba, pues no estaban hechas para ella.
Algunas, arrepentidas, desistían de esto y volvían a conformarse con poder hablar y marear a los demás.
Otras, tercas, persistían en su afán, y los griegos que pasaban por allí las imaginaban locas al verlas dar continuamente aquellos saltitos que ellas consideraban vuelo.
Otras más concluían que el poeta era el causante de todos sus males, saltaran o simplemente hablaran, y trataban de sacarle los ojos.
A veces el poeta se cansaba, les daba una patada en el culo, y ellas caían en forma de pequeños trozos de mármol.
FIN
jueves, 4 de marzo de 2010
lunes, 8 de febrero de 2010
El paraíso imperfecto - Augusto Monterroso
-Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.
viernes, 29 de enero de 2010
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